16 de julio de 2014

UN EJECUTIVO EN EL TUNEL DE LAVADO

Hace unos días asistí a un episodio realmente dantesco, que me hizo reflexionar sobre todas aquellas personas que dirigen algún que otro negocio, que encabezan equipos de ventas, o que simplemente mantienen cómodas posiciones en alguna que otra organización, con mayor o menor éxito profesional.

Pues bien, un día cualquiera, ahí estaba yo esperando con mi vehículo en un túnel de lavado, con la intención de verlo reluciente y brillante, porque no nos engañemos, la apariencia cuenta, y mucho; lo que no podía imaginar, claro está, es que al día siguiente iba a caer el diluvio universal, salpicado para más inri, por esa arena del desierto que ensucia todo lo que pilla a su paso, sin ningún tipo de piedad.

Delante de mi, parado, estaba un coche de alta gama, pilotado por un individuo que derrochaba elegancia por todos sus poros, perfectamente conjuntado y con un corte de pelo impecablemente peinado, lo que se conoce como un "ejecutivo", esperando como yo, a que le tocase el turno.


El coche del "repeinao", comenzó su aventura por el túnel de lavado, se colocó en el sitio correcto, y un mozo comenzó a envolver toda su carrocería con abundante agua a presión, condición necesaria por otra parte, para su entrada en la máquina de lavado.

De repente, el chico que se esforzaba por mojar de forma contundente esa máquina perfecta de cuatro ruedas retrocede, cierra la manguera y le comenta algo al conductor, al mismo tiempo que le hace señas, al que yo supuse era el encargado del lugar.

El supuestamente encargado llega a la altura del "cliente repeinao" y le dice algo, -"debe estar cambiando la petición de lavado"- pensé yo-, pero pronto entendí mi error, porque el ejecutivo en ese momento abre la puerta del coche y sale, sin dejar de conversar con el encargado, cuya expresión facial fruncida no acertaba yo a comprender.

Ambos individuos dan la vuelta al coche y se dirigen al lado del copiloto, el encargado mete la mano dentro del mismo y abre la puerta "que atrevimiento" - pensé yo - sin perder detalle de lo que estaba pasando, más que nada porque no tenía otra cosa mejor que hacer y, además disfruto enormemente analizando el comportamiento humano ( no es lo mismo que ser cotilla, que conste).

Al abrir la puerta del vehículo, cayeron al suelo un número indeterminado de expedientes, catálogos y una americana, de esas que no deja a nadie indiferente, (o sea de marca). Fue en ese preciso momento cuando mi curiosidad llegó a su punto álgido.

El responsable del túnel y el "cliente trajeao" se apresuraron a recoger todo aquello que campaba a sus anchas en un suelo mojado, y no menos sucio, al mismo tiempo que seguían enzarzados en su conversación, ambos con un aspecto muy contrariado.

Una vez colocado todo en su sitio, los dos hombres volvieron sus cabezas para dirigirse a mi con la mirada, indicándome con gestos, que procediese a echar mi vehículo hacia atrás, ante mi perplejidad, no dude en realizar la correspondiente maniobra, lo que permitió al "ejecutivo" abandonar el lugar de los hechos con su coche chorreando agua y sin terminar la faena de lavado.

Intentando procesar lo ocurrido, coloco mi vehículo en los correspondientes raíles y bajo la ventanilla. Al acercarse el encargado del establecimiento, y antes de que mi boca pronunciase palabra alguna escuche:


                         "Perdone señorita, pero es que todavía no doy crédito a lo que acaba de ocurrir, el cliente anterior tenía la ventanilla del copiloto totalmente bajada y cuando le comunico que debe subirla, me dice que está rota, como no podía creerlo lo compruebo yo mismo, y ¿sabe que? ¡era cierto!, pero lo peor es que el señor me decía sin cesar: -¡Escúcheme bien! el coche se tiene que lavar si o si porque está muy sucio, ¿Es que no lo entiende?.



Ante situaciones así, uno no puede por más que preguntarse:
¿Qué tipo de órdenes recibirán aquellos pobres desgraciados que tengan la suerte o la desgracia de trabajar con este tipo de personas?


A cualquier individuo, se le llega a conocer realmente cuando lo ves interactuar en su vida diaria y cotidiana, lejos del rol que a menudo desempeña en su puesto de trabajo, unas veces por conveniencia, otras por obligación.


Me refiero más concretamente, a ese tipo de personas que tienen un puesto de trabajo que conlleva cierta responsabilidad, conseguido lamentablemente en no pocas ocasiones a base de recomendaciones, y no en otras muchas por las habilidades o competencias que poseen.


Y no seré yo quien me meta en el jardín de criticar las actuaciones de ese numeroso colectivo de mandos intermedios, de jefaturas y altos cargos en Consejos de Administración de conocidas firmas, personas más o menos influyentes en el panorama social, económico y empresarial, reconocidos por muchos o odiados por otros tantos, ¡dios me libre!, simplemente relato un episodio en el que sin quererlo, participé como espectadora de esa genial obra de teatro que se llama vida.



1 comentario:

  1. Si, realmente estamos rodeados de esta clase de mediocres, no hay otra palabra para calificarlos, solo su mundo cuenta... pero a la final deben tener una vida muy triste

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